La Muerte y Resurrección de Jesús:

El relato de la muerte y resurrección de Jesús representa el clímax de la narrativa cristiana y el fundamento de la fe. En el Evangelio de Lucas, estos eventos están narrados con una sensibilidad particular hacia los marginados y con un énfasis en la universalidad del mensaje de salvación. Al comparar estos acontecimientos a la luz de la filosofía hindú, descubrimos perspectivas sorprendentemente complementarias sobre la trascendencia, el sacrificio y la transformación espiritual.

Lucas narra el viaje final de Jesús a Jerusalén con un tono solemne pero decidido. A diferencia de otros evangelistas, Lucas enfatiza la compasión de Jesús incluso en sus momentos finales. Durante la Última Cena, Jesús establece un nuevo pacto a través de su cuerpo y sangre, anunciando su inminente sacrificio. En el Huerto de Getsemaní, mientras ora con angustia, su sudor cae «como gotas de sangre» (Lucas 22:44), mostrando su humanidad y su lucha interna.

La narración de Lucas sobre el juicio y la crucifixión se distingue por momentos significativos de misericordia. Jesús sana la oreja del siervo del sumo sacerdote después de que Pedro la corta. Durante el camino al Calvario, consuela a las mujeres de Jerusalén que lloran por él: «No lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lucas 23:28). En la cruz, perdona a sus ejecutores: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34), y promete el paraíso al ladrón arrepentido.

La muerte de Jesús en Lucas viene acompañada de señales cósmicas: oscuridad sobre toda la tierra y el velo del templo rasgándose por la mitad, simbolizando el acceso directo a Dios ahora posible para todos. El centurión romano reconoce: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lucas 23:47).

El relato de la resurrección en Lucas es meticuloso y enfatiza la corporalidad de Jesús resucitado. Las mujeres descubren la tumba vacía, y los ángeles les recuerdan las palabras de Jesús sobre su resurrección. Lucas incluye el hermoso episodio del camino a Emaús, donde Jesús camina con dos discípulos sin ser reconocido, explicándoles las Escrituras. Es solo al partir el pan cuando «se les abrieron los ojos» (Lucas 24:31).

Posteriormente, Jesús se aparece a los discípulos, invitándolos a tocar su cuerpo para comprobar que no es un espíritu: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lucas 24:39). Incluso come pescado para demostrar su corporalidad.

Lucas concluye su evangelio con la ascensión de Jesús, un evento que solo él narra en detalle, marcando la transición de la presencia física de Jesús a su presencia espiritual continua.

La resurrección de Jesús ofrece a sus seguidores la promesa de victoria sobre la muerte y vida eterna. Este concepto tiene cierta resonancia con moksha, la liberación del ciclo de samsara en el hinduismo. Aunque difieren en sus detalles teológicos, ambas tradiciones apuntan hacia una liberación final de las limitaciones y sufrimientos de la existencia terrenal.

El mensaje de Lucas sobre la salvación universal encuentra eco en ciertas corrientes del hinduismo que enfatizan la accesibilidad de la liberación espiritual para todos, independientemente de su casta o condición social.

La narrativa lucana de la muerte y resurrección de Jesús, vista a través del lente de la filosofía hindú, revela tanto complementariedades como contrastes enriquecedores. Este diálogo interreligioso no busca diluir las diferencias doctrinales sino apreciar la profundidad con que ambas tradiciones abordan cuestiones fundamentales sobre la naturaleza de la divinidad, el sufrimiento, la transformación y la trascendencia.

La compasión de Jesús hacia sus enemigos resuena con el concepto hindú de ahimsa (no violencia) y karuna (compasión). Su entrega voluntaria refleja el espíritu de tyaga y dharma. Su victoria sobre la muerte ofrece una perspectiva complementaria a las reflexiones hindúes sobre la liberación de los ciclos del sufrimiento.

En un mundo que tanto necesita ejemplos de diálogo respetuoso entre tradiciones religiosas, estas exploraciones nos invitan a una apreciación más profunda de la sabiduría espiritual humana y de los misterios divinos que trascienden nuestras mentes  limitadas.

Lucas concluye su evangelio con discípulos «alabando y bendiciendo a Dios» (Lucas 24:53). Quizás en este espíritu de reverencia y apertura podamos continuar explorando los ricos tesoros de sabiduría que nos ofrecen las diversas tradiciones espirituales de la humanidad.

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